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El rol de los museos en el siglo XXI.

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Expectativas y desafíos

Eduardo Miguel Bessera                                                                                                                                   Licenciado en Historia. Director del Museo de la Patagonia – APN Miembro del ISHIR-CEHIR-CONICET-Univ. Nac. delComahue

Américo E. Pérez Navarro                                                                                                                           Museólogo. Subdirector del Museo de la Patagonia – APN                                                                 Responsable encargado de Colecciones


Entrada ya la segunda década del siglo XXI, los museos afrontan enormes desafíos vinculados al rol que deberían cumplir para satisfacer las necesidades y las expectativas que actualmente requiere la sociedad.

Esto desafíos se plantean ante todo porque sigue viva la discusión sobre el lugar que deben ocupar los museos en los procesos de construcción cultural que se producen en el seno de un colectivo social, para qué deben servir, cómo deben estructurarse, qué deben priorizar.

¿Cuál debe ser el eje de sus actividades? ¿La educación no formal? ¿La conservación, la  investigación y la puesta en valor del patrimonio en custodia? ¿La generación de representaciones de realidades pasadas o presentes? ¿Deben ser lugares pensados como un espacio de divertimento “culto”?

Habría que analizar si debe haber un eje central, o si todas las actividades mencionadas más otras posibles tienen el mismo nivel de importancia y si su centralidad debe estar dada de acuerdo al momento y a las necesidades que se planteen. Por otra parte, es imprescindible preguntarse quétipo de mensajes debe transmitir un museo, para quiénes y de qué manera hacerlo. Yendo al fondo de la cuestión, estos interrogantes no son más que la punta de una madeja bastante más compleja de desenrollar de lo que aparenta.

Si bien el origen de los museos puede rastrearse en la Grecia clásica -el Museion o templo en donde moran las Musas-, y los primeros museos semejantes a como los concebimos en la actualidad los encontramos en algunas cortes de la Europa del siglo XVII, es a partir del siglo XIX en que se establecieron las bases y los criterios constituyentes de las instituciones que hoy denominamos como tales.

Desde ese momento hasta el presente ha pasado mucha agua bajo el puente. Se sucedieron diversas y numerosas propuestas teóricas, metodológicas y prácticas museológicas. Comenzaron a cuestionarse las estructuras tradicionales. Surgió la “nueva museología”, que produjo una gran revolución conceptual, surgieron novedosas formas de conectarse con los visitantes, irrumpieron las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación. Con ello se hizo ineludible hablar de interactividad al referirse a una museología y a una museografía acorde a las formas actuales de transmitir un mensaje.

Sin embargo, la discusión profunda sigue vigente, quizás más que nunca, porque los interrogantes se han multiplicado. Sólo en nuestro país existen cientos de museos públicos y privados, museos de artes, de ciencias, museos regionales, museos temáticos, museos de tecnología, museos de sitio, museos biográficos. Existen museos excelentes, buenos, mediocres y algunos decididamente malos. Algunos se han quedado en el tiempo, otros muchos están transitando un camino de transformaciones, mientras que algunos no son más que variopintos repositorios de objetos antiguos o de curiosidades de origen natural o antrópico.

En este contexto tan complejo, el dilema -más allá de las magníficas definiciones de ICOM o de UNESCO- sigue siendo el mismo. Qué y cómo debe ser un museo, cuáles deben ser sus misiones y funciones principales y hacia quiénes deben estar dirigidos sus mensajes.

Además de custodiar el patrimonio cultural que atesora, estudiarlo y producir conocimiento a través de la investigación, se plantea la necesidad de encontrar las mejores formas de articularlos con la educación formal, como divulgar ese conocimiento haciéndolo accesible a todos los ciudadanos, cualesquiera sea su nivel de instrucción.

Surgen entonces otros interrogantes que resultan de vital importancia: ¿cómo difundir conocimiento de manera amena, atrayente, sin transformarse en un parque temático pletórico de atractivos divertimentos al estilo Disneyworld? ¿Qué discursos debería priorizar para transmitir al visitante? Y lo más importante: ¿cómo dar cabida a las distintas voces coexistentes en el seno del colectivo social al cual pertenece y pretende  representar?

Partimos de la base que la ciencia y el conocimiento no son neutros y que por lo tanto los museos tampoco pueden serlo en el relato expresado a través de lo que exponen y en la forma en que lo exponen. Por más que ciertos aspectos del pensamiento positivista pretendan hacernos creer que la ciencia debe gozar de una objetividad absoluta, afirmamos que este concepto decimonónico es falso, al presente un grosero error conceptual.

Se hace ciencia, se construye conocimiento desde un lugar espacio-temporal y desde un posicionamiento político-ideológico y epistemológico, determinados por una sumatoria de factores que interactúan y se articulan para dar forma a la percepción del investigador. No podemos continuar pensando que la subjetividad puede ser excluida en su totalidad.

Los museos no escapan a esta regla. En su calidad de espacios educativo-culturales, lugares de memoria y difusores de conocimiento, el mensaje que transmiten nunca es neutral ni completamente objetivo. Sería ingenuo pensar que no contienen carga ideológica alguna ni sesgo político determinados de acuerdo al desarrollo de los procesos socio-históricos de la sociedad de la que forman parte.

Desde nuestro punto de vista, los museos, al igual que la ciencia, deben aspirar siempre a la búsqueda de un status de verdad, pero partiendo de la premisa de que no existen verdades absolutas y mucho menos únicas.

Es aquí, entonces, en donde adquiere relevancia la discusión sobre qué tipo de museos queremos desarrollar para que atiendan a los requerimientos de la sociedad del siglo XXI. Los interrogantes planteados no son menores. Deben ser debatidos, puestos en cuestión y discutidos en forma abierta y participativa. Esta discusión no puede quedar sólo en manos de los académicos y de los profesionales, sino que debe abrirse el juego a los distintos sectores de la sociedad, para que de la síntesis surja el tipo de museos que la sociedad pretende.

Los museos deben interpelar al visitante, pero éste también debe poder interpelar al museo. Dialogar, exponer, cuestionar, cuestionarse, criticar, fomentar el pensamiento crítico. Nada fácil pero nada imposible. Esto es tanto o más profundamente interactivo que un “animatronic” que represente a un dinosaurio o a un personaje histórico, aún cuando sea menos espectacular. El objetivo de los museos no es ser espectaculares, es interactuar con los visitantes y para ello no es imprescindible contar con presupuestos siderales.

En definitiva, más allá de los presupuestos adecuados, la reformulación de los museos requiere inteligencia, voluntad, ganas y la pasión necesaria para animarse a poner en tela de juicio cualquier paradigma digno de ser analizado y repensado, o literalmente cambiado.

Si pretendemos ponerlos a la altura de las circunstancias, quizás debamos pensarlos tal como los pensaron los griegos, como ese lugar en donde las musas ofrecen el conocimiento de las artes y las ciencias a los mortales dispuestos a apropiarse de esos dones, pero como lugares amables, hospitalarios, sin solemnidad ni fasto, que atraigan al público en lugar de alejarlo. El desafío está planteado. Nos toca asumir nuestras responsabilidades.

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